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lunes, 18 de abril de 2011

La historia reinterpretada: Una respuesta al Informe Mundial sobre las Drogas 2008

Fuente: Transnattional Institute. [Sitio en internet] Disponible en: http://www.tni.org/detail_page.phtml?lang=sp&act_id=18463 Consultado el: 30 de octubre de 2008

La historia reinterpretada: Una respuesta al Informe Mundial sobre las Drogas 2008
Informe sobre política de drogas N o 26, junio 2008
El Informe Mundial sobre las Drogas 2008 de la ONU intenta ocultar los fracasos de las políticas de fiscalización de estupefacientes con una mala lección de historia. En lugar de reconocer claramente que, diez años después, los objetivos de la UNGASS no se han cumplido, decide ofrecer un relato de cien años de éxitos, inventándose comparaciones entre la producción actual de opio con su producción y consumo en la China de principios del siglo XX.
Puntos clave
* Los objetivos de la UNGASS de 1998 sobre la reducción del cultivo de opio y coca no se han cumplido. En los últimos diez años, la producción mundial de opio se ha doblado, y la de cocaína ha aumentado un 20%.
* El IMD utiliza una falsa lógica para inventarse comparaciones con unos niveles de producción más elevados hace un siglo, y las cifras utilizadas en el informe son polémicas.
* China no tenía ‘decenas de millones de adictos al opio’. El consumo de opio en China era predominantemente moderado y relativamente no problemático, a menudo con fines terapéuticos.
* Los primeros acuerdos internacionales de fiscalización de estupefacientes ayudaron a reducir la producción y el comercio legales; las actuales convenciones de la ONU no han frenado el mercado ilícito.
* Es un misterio cómo una comparación entre las 1.000 toneladas de cocaína producidas ahora para un mercado ilícito y las 15 toneladas que se producían lícitamente antes de que la cocaína estuviera sujeta a fiscalización internacional se puede presentar como un éxito.
* El marco punitivo de tolerancia cero que sustituyó a los primeros modelos de carácter normativo se ha traducido en las consecuencias indeseadas mencionadas en el IMD.
* El régimen prohibicionista ha derivado en la oferta limitada de fármacos básicos.
* El actual enfoque de la fiscalización de estupefacientes ha fracasado. En lugar de perseguir objetivos poco realistas, es necesario adoptar un enfoque más racional, pragmático y humano.
* Las propuestas del IMD para conseguir que el sistema ‘se adecue a su fin’, centrándose en la prevención del delito, la reducción del daño y los derechos humanos son bienvenidas, pero exigirán acabar con la naturaleza punitiva de los tratados.
El mundo de nuestros días no está más cerca alcanzar los objetivos que la Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas (UNGASS) sobre drogas, celebrada en 1998, se marcó para cumplir en un período de diez años: “eliminar o reducir considerablemente el cultivo ilícito del arbusto de coca, la planta de cannabis y la adormidera para el año 2008”. Al contrario, la producción mundial de opiáceos y cocaína ha aumentado notablemente durante la última década. Según datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), la producción global de opio ilícito se duplicó de las 4.346 toneladas en 1998 a las 8.800 toneladas en 2007. Este auge se debe principalmente al tremendo incremento de la producción de opio en Afganistán. Se calcula que la producción mundial de cocaína ha aumentado de 825 toneladas en 1998 a 994 en 2007, lo cual representaría un incremento del 20%.1
Diez años de fracaso
Durante la última década, el sistema de fiscalización internacional de drogas ha puesto su acento en la erradicación de cultivos ilícitos, antes de establecer medios de vida alternativos. Cientos de miles de campesinos se han visto condenados a la pobreza y privados de una vida digna. En varios países productores clave, la erradicación de cultivos ha exacerbado la violencia de los conflictos en lugar de contribuir a su resolución.
En 2007, Afganistán estaba produciendo unas 8.200 toneladas de opio, es decir, el 93% de la producción mundial. Estos niveles récord de producción han desembocado en actividades más agresivas para la erradicación forzosa de campos de opio. Además de provocar un inmenso sufrimiento a las comunidades locales, estas campañas han desempeñado un importante papel en la creciente inseguridad que se vive en el país.
En Colombia, toda una década de fumigación indiscriminada de las cosechas de coca no ha servido para reducir su cultivo, y ha desencadenado en cambio un círculo vicioso de destrucción humana, social y ecológica, desplazamientos y violaciones de los derechos humanos que ha alimentado en última instancia el largo conflicto civil del país.
La producción de opio en el Triángulo de Oro (Birmania, Tailandia y Laos) –en su día el principal productor del mundo– se ha reducido de las 1.435 toneladas métricas en 1998 a las 472 toneladas métricas en 2007, que equivaldría al 5% de la producción global. Pero los que están pagando el precio de esta tendencia son los campesinos del opio, que necesitan los ingresos conseguidos con esta planta para comprar alimentos y medicinas.

lunes, 8 de septiembre de 2008

SUSTANCIAS PSICOACTIVAS Y LITERATURA


(Extraído de Los Fármacos Malditos, Ed. Nordan, de Juan E. Fernández Romar)

Las sustancias psicotrópicas están presentes en los primeros registros escritos que se conocen dando cuenta de la importancia que le otorgaban a éstas las culturas antiguas. Hace más de 3000 años, el Papiro Terapéutico de Tebas, uno de los registros escritos más antiguos, aludía al uso del opio.

En el mismo sentido, desde 1968, gracias a Gordon Wasson, también sabemos que el soma, aquella planta milagrosa de los dioses, adorada por los arios que invadieron el valle del Indo hace 3.500 años, y celebrada extensamente el los Vedas (textos básicos del hinduismo moderno) era justamente un hongo alucinógeno. Asimismo, Homero y Virgilio legaron múltiples referencias a sustancias psicoactivas y en particular del opio.

Expertos en etnobotánica como Peter Furst explican la barroca imaginería medieval de pintores y escritores que describían los tormentos infernales como un resultado de la ingestión involuntaria de cornezuelo de centeno, un hongo inferior que ataca a las plantas gramíneas y en particular el centeno. Este hongo que produce compuestos alucinógenos similares al LSD fue responsable de una enfermedad por intoxicación, denominada ergotismo, que adquirió dimensiones epidémicas en Europa en distintos momentos entre los siglos XI y XIX.

En el mundo europeo luego del descubrimiento de América, si descartamos el alcohol (la droga más extendida y de mayor impacto cultural), encontramos que el opio fue el que concitó la mayor atención de los escritores.

El primer cultor célebre del consumo de opio fue el dramaturgo inglés Thomas Shadwell (1642-1692) aunque recién un siglo después se tornó significativo su influencia en la literatura.

En el siglo XIX, Thomas de Quincey (1785-1859) conmovió al público europeo con una obra en la que documentó el uso del opio y las peculiaridades de los ambientes en que se lo consumía, Las confesiones de un inglés comedor de opio (1821). Libro que dividió las aguas entre admiradores y detractores moralistas, determinando además que se lo considerase un "escritor maldito" y el "Papa de la Iglesia del Opio".

La edición inglesa llegó rápidamente a Francia e interesó particularmente a los poetas Alfred de Musset y Charles Baudelaire. Alfred de Musset se abocó enseguida a su traducción pero prefirió tímidamente firmar con sus iniciales su trabajo.

Baudelaire, entusiasmado con la obra de Quincey, tomó como referencia Las confesiones... y otro menos conocido Suspiria de profundis, y redactó un par de ensayos sobre la experiencia psicodélica donde incluía un análisis de los efectos del haschich. Debido al éxito de estos ensayos, el editor de Las flores del mal, le propuso a Baudelaire publicar ambos en un sólo texto que salieron de prensa en 1960 bajo el título de Los paraísos artificiales.

Baudelaire era un buen conocedor de esta temática. En 1843, al ser declarado mayor de edad, se mudó al hotel Pimodan, el cuartel general de un club de consumidores de haschich capitaneados por el poeta Teóphile Gautier, quien le prologó la tercera edición de su obra mayor Las flores del mal.

No obstante, Baudelaire siempre mantuvo una actitud de cierta reserva moral con respecto al consumo indiscriminado de psicotrópicos.

La lista de escritores anteriores al presente siglo que en algún momento experimentaron con haschich o con opio es muy extensa e incluye entre muchos otros de menor jerarquía artística a Poe, Percy Shelley, Rimbaud, Oscar Wilde, Lord Byron, William Blake, e Elizabeth Barret Browning.

En 1916, en medio de la primer Guerra Mundial, el poeta Tristan Tzara, el dramaturgo Hugo Ball, y otros inauguraron en el barrio antiguo de Zurich el legendario Cabaret Voltaire, cuna del movimiento dadaísta, lugar de preferencia para muchos consumidores de opiáceos. Sustancias que interesaron a muchos surrealistas como el poeta Antonin Artaud o la gran documentalista de esa época, Anaïs Nin.

La experimentación psicodélica cobró una nueva dimensión literaria con la llamada generación beat que fuera emblematizada por Allen Ginsberg, William Borroughs, y Jack Kerouac. Trío que junto a Neil Cassidy configuró una usina creativa tan afecta a la investigación como a los excesos. "Mis pensamientos se orientan hacia el delito, son increíbles viajes de exploración, expresión en términos de acto extremo, de un exceso de sentimiento o de conducta que logre resquebrajar las pautas humanas" escribió Ginsberg, poeta que a comienzos de los 50 ayudó a William Borroughs a difundir en Occidente las propiedades de la ayahuasca. En sus Cartas del yajé Borroughs dio cuenta de su periplo sudamericano en busca de ese potente enteógeno. Sustancia que en 1991 sería tomada nuevamente como fuente de inspiración por el poeta argentino Néstor Perlongher, quien escribió su poemario neobarroco Aguas aéreas bajo los efectos de esa exótica liana psicoactiva.

Los beatniks no sólo experimentaron con todas las drogas que existían en el mercado americano de entonces sino que salieron por el mundo en busca de las plantas sagradas de los indígenas inaugurando una pesquisa hasta entonces reservada a los científicos.

Pero cabe aclarar que ese movimiento de búsqueda e indagación con sustancias psicodélicas no fue patrimonio exclusivo de los beatniks, un escritor mucho mayor que ellos llamado Aldous Huxley publicó a los 60 años Las puertas de la percepción. Cielo e infierno, libro que marcó a fuego a la generación posterior, los hippies.

Otro célebre escritor americano vinculado estrechamente a los alucinógenos fue Ken Kesey, quien durante un tiempo se prestó para experimentos científicos y de esta forma descubrió los efectos del LSD. Su libró más famoso Alguien voló sobre el nido del cuco fue escrito parcialmente bajo los efectos de la psilocibina, la mescalina, y el LSD.

A fines de los 60 el uso social de alucinógenos creció enormemente influyendo en forma directa o indirecta a una gran cantidad de escritores en todo el mundo que comenzaron a tematizar de una u otra forma su consumo. Paralelamente la mercantilización furiosa y clandestina de los agentes psicoactivos, y el aumento de la criminalidad que ha rodeado su comercio, ha acentuado aún más el dilema sobre el uso de psicotrópicos. Sustancias que pueden ser tanto las llaves a un mundo inexplorado como la contraseña de ingreso al infierno.

lunes, 1 de septiembre de 2008

DE QUÉ HABLAMOS AL DECIR DROGA



por Juan E. Fernández Romar

Uno de los principales problemas que se presentan a la hora de intentar una consideración sistemática y científica de ese nudo gordiano denominado "la droga" radica en la falta de una lógica clara que justifique la ilegalidad de las sustancias prohibidas. En primer lugar, la frontera entre las sustancias permitidas y las prohibidas obedecen a criterios extrafarmacológicos.

Dentro de las prohibidas se encuentran depresores como los opiáceos, estimulantes como la cocaína, y alucinógenos como la mescalina, entre muchas otras. Es decir, que no constituyen un grupo homogéneo de sustancias sino que se trata de una gran diversidad de sustancias con efectos disímiles.
En el amplio rubro de las sustancias ilícitas pueden hallarse drogas con valor medicinal como el fenobarbital o las anfetaminas (que se tornan ilegales cuando su circulación no responde a una indicación médica), otras a las que actualmente no se les reconoce un uso medicinal aunque años atrás fueron utilizadas exitosamente con fines terapéuticos tal como sucedió con la psilocibina o el LSD (cuya restricción resultó muy opinable), y también sustancias de uso industrial como los pegamentos que contienen tolueno. Por lo tanto, las conductas que se procuran prevenir y combatir, en algunos casos corresponden a formas de cuestionamiento de la opinión oficial de las instituciones que administran las drogas psicoactivas legales, y en otros a usos atípicos de sustancias de consumo doméstico.
En el renglón de las drogas de uso medicinal reconocido -pero de comercialización restringida a vías controladas- se pueden observar tanto drogas generadoras de dependencia física y psicológica (los derivados del ácido barbitúrico) como otras con efectos adictivos más atenuados como el popular diazepam (valium). Pese a que el denominado potencial de abuso difiere mucho de unas a otras, el criterio imperante en este aspecto es el mantenimiento de la hegemonía médica sobre la validación de su uso y su administración.
De todas formas, la contradicción mayor del orden legal vigente radica en que hay drogas que presentan potenciales de abuso altos, gran capacidad adictiva, y elevados índices de morbilidad como el alcohol o el tabaco y siguen siendo legales mientras que otras drogas con efectos iguales o eventualmente menos perjudiciales, como la marihuana, se encuentran rigurosamente prohibidas.
"Quien fuma cannabis es un delincuente que verá agredida su personalidad y su vida tras una violenta incursión policial, plagada de vejaciones. Quien bebe whisky escocés será felicitado por su buen paladar y lógicamente, su comportamiento no interesará al Derecho Penal" (1)
Intentando salvar todas estas dificultades técnicas y contradicciones teóricas la Organización Mundial de la Salud propuso entender por droga a cualquier sustancia que introducida en organismos vivos puede modificar varias funciones. Definición genérica que puede englobar las más diversas sustancias y que se aproxima bastante al viejo concepto de pharmakon imperante en la antigüedad griega, que indicaba tanto remedio como veneno. La cuestión para los griegos radicaba en la dosis.
De todas maneras, en los textos especializados se suele definir con más precisión la cuestión, aclarando que se trata de sustancias que independientemente de sus utilidades terapéuticas, actúan sobre el sistema nervioso central modificando el comportamiento de un individuo, siendo el abuso de las mismas potencialmente peligroso para la persona o para el resto de sus congéneres ya sea por lo que pueda hacer bajo sus efectos, o bien, porque su uso continuado le produzca una dependencia física o psicológica intensa. Consecuentemente, el problema es centrado del punto de vista médico y jurídico en torno a dos ejes: el peligro del abuso y el riesgo de la fármaco-dependencia.


El peligro de abuso

Cuando se habla del abuso de drogas, generalmente se alude a la autoadministración de alguna sustancia que se aparta de las costumbres sociales aprobadas dentro de una cultura. Como el referente es una convención social, es posible observar una variación muy grande en lo que se considera abuso, al comparar dos culturas diferentes o bien dos momentos históricos distintos. Incluso es posible encontrar importantes variaciones idiosincrásicas dentro de una misma cultura, hecho que difumina esa hipotética frontera de la transgresión.
La cultura islámica, en términos generales, se ha mostrado tradicionalmente inclinada hacia el uso de la cannabis y ha condenado fuertemente el uso de bebidas alcohólicas mientras que en la cultura judeo-cristiana occidental se ha dado lo contrario.
En los países occidentales, por ejemplo, se considera un abuso la dipsomanía crónica, mientras que una borrachera ocasional, por más grande que sea, está aceptada socialmente. Con el uso de barbitúricos o analgésicos opiáceos ha pasado lo mismo; su uso bajo prescripción médica para conciliar el sueño o para aliviar el dolor es respetado socialmente, pero la autoadministración de las mismas drogas en dosis similares con fines recreativos o para inducir euforia es entendido también como un abuso.
Otro tanto sucede con el tabaco. Pese a las abundantes campañas en contra de ese hábito o adicción su uso sigue siendo tolerado y no configura delito.
Normalmente uno de los argumentos más fuertes esgrimidos para sostener la prohibición de las drogas es el perjuicio que puede acarrear a la salud del consumidor y a la sociedad de la que forma parte. Sin embargo, como bien señala Jerome Jaffe "...el carácter perjudicial de los efectos (de las drogas) sólo puede determinarse después de evaluar la forma de uso de un individuo dado y de considerar las alternativas disponibles. Por ejemplo, si la única alternativa frente al uso de opiáceos es el uso compulsivo del alcohol, muchos opinan que la dependencia de los opiáceos es mucho menos destructiva para el individuo y la sociedad, y que debe tomarse alguna medida para que esa persona pueda usar drogas opiáceas." (2)
Gabriel Eira, colaborador y amigo que años atrás trabajó en la Policlínica de Farmacodependencia del Hospital Maciel, fue quien me comentó por primera vez que la mayoría de los consumidores habituales de sustancias ilegales que concurrían a esa dependencia, luego de los cuarenta años desviaban su consumo hacia el alcohol en forma exclusiva, evitando así los problemas legales.
Por otra parte, prácticamente cualquier sustancia encierra un potencial de abuso, perjudica la salud, y altera varias funciones, incluida la conciencia, ya que no existe un estado patrón único de conciencia y percepción. Son funciones permanentemente moduladas capaces de ser alteradas tanto por factores internos como externos.
El profesor Patrick Moyna, ex-Decano de la Facultad de Química comentó una vez en una charla que un alemán fanatizado con el consumo de manzanas con cáscara terminó muriendo por una acumulación excesiva de cera en su organismo.

El riesgo de la dependencia

Otro de los problemas conceptuales más frecuentes que enfrenta cualquier persona que se interese por este tema y que se aboque a investigar con seriedad es la ligereza con que se habla de fármaco-dependencia en la mayor parte de la literatura dedicada a las drogas. Se trata de un concepto de capital importancia tanto para la valoración social del riesgo como para la evaluación jurídica de las más diversas situaciones.
En primer lugar no todas las drogas ilegales presentan capacidad adictiva y muchas de ellas ni siquiera se inscriben en una tradición o subcultura del consumo que propicie un uso regular de las mismas. Al LSD, por ejemplo nadie le imputa que genere ningún fenómeno de dependencia física . Con otros alucinógenos como los hongos psilocíbicos (Stropharia cubensis), sucede lo mismo, y debido a sus potentes efectos, quienes los consumen suelen darle un carácter más experiencial que de hábito.
Hablar de adicciones o de dependencia (3) implica considerar fenómenos de tolerancia (4) y de síndrome de abstinencia (5), y varias de las sustancias ilícitas como las daturas, ibogaína, ayahuasca, ketamina, mescalina, psilocibina, entre otras no presentan estas características. Incluso son pocas las sustancias que presentan síndromes de abstinencia tan fuertes que en determinadas circunstancias y contextos condicionen significativamente la conducta de las personas orientándolas hacia actividades delictivas para procurarse una dosis (narcóticos y cocaína).
Por otra parte, la delincuencia asociada a las actividades desesperadas de un adicto no sólo obedecen a la naturaleza de su vicio (su responsabilidad es incuestionable) sino a la ilegalidad que rodea a esas sustancias, que eleva desmedidamente su precio, y que vincula su comercialización con las mafias, y comprometiendo la vida de los adictos por el riesgo de las adulteraciones.
La frontera legal entre las sustancias lícitas y las que no son no ha respondido nunca a una lógica científica clara que justifique su prohibición sino al fervor moralizante de "cruzados reformadores" de la legalidad y a un complejo juego de intereses económicos. (6) Más adelante veremos como la popular yerba mate, sustancia muy apreciada en el Uruguay y en amplias zonas del cono-sur sufrió largos períodos de proscripción basados en razones similares a las que ahora se esgrimen en contra de las drogas ilegales.
Varias investigaciones históricas y sociológicas emprendidas por figuras destacadas a nivel internacional como Thomas Szasz, Howard Becker, o Rosa Del Olmo (7), entre otros, han puesto en evidencia el caracter xenófobo de las cruzadas prohibicionistas iniciadas originalmente en los Estados Unidos.
A comienzo de siglo cuando la ola de inmigración china comenzó a comprometer las fuentes laborales de los obreros norteamericanos se desencadenó una reacción xenófoba que entre otras cosas determinó la prohibición del consumo de opio, actividad asociada popularmente a la cultura china. Tiempo después se prohibió el consumo de marihuana por su asociación con la cultura mexicana y el consumo de cocaína por su fuerte vinculación con la población negra. En momentos críticos de desempleo la sociedad blanca comenzó a temer la competencia de otras fuerzas de trabajo dispuestas a trabajar por salarios menores y esa "amenaza" fue redefinida como el peligro del consumo de opio, marihuana, o cocaína.
Durante la Guerra Fría los voceros oficiales de los EE.UU. intentaron denodadamente convencer a Occidente de que existía una fuerte asociación entre algunos países comunistas y el narcotráfico internacional, presentando, por ejemplo, a China Popular como una nación exportadora de heroína que intentaba por esta vía socavar la integridad moral de Occidente.
Ya en la década de los 60 hubo una nueva resignificación de la droga al asociarse con el movimiento contestatario hippie generando un estereotipo de alcance mundial en el que la figura de los jóvenes disidentes quedó inexorablemente vinculada con el uso de sustancias psicoactivas. "...Se crea a nivel de masas un estereotipo cultural basado en la imagen del drogadicto = joven contestatario, revolucionario, "verdadero enemigo interno", y al mismo tiempo se dramatiza la crisis de la heroína como coartada ideológica para lograr el control político de estas contraculturas que desafían la hegemonía de la sociedad norteamericana y europea, y facilitar al mismo tiempo, la intervención en otros países en favor del status quo internacional de poder.
Y aquí ingresamos a la otra faceta del problema. Al extenderse el consumo de drogas en la juventud, y luego más allá de ella, observándose cierta tolerancia a nivel del gobierno estadounidense, el concepto de "vicio castigable" va siendo sustituido por la óptica de la dependencia y la enfermedad. De esta forma, el castigo debe dirigirse hacia los países que obtenían ganancias por el consumo, y por ende, hacia los países extranjeros y aquí entra en escena América Latina." (8)
Si hasta aquí se ha hecho particular hincapié en cuestiones geopolíticas es porque en este tema existe un marco internacional rígido que ha sobredeterminado las legislaciones internas de cada país. La mayoría de las legislaciones nacionales sobre drogas responden a la firma de acuerdos internacionales propugnados por los Estados Unidos. Desde la Conferencia de Shangai (1909) hasta el Convenio de París (1988) pasando por la Convención Unica de 1961 y el Protocolo de 1972 de Modificación de esta última convención, se ha establecido un régimen jurídico internacional signado por la prohibición absoluta de la producción, el uso, y el tráfico de un número creciente de sustancias cuando no se trate de cometidos médicos o científicos. Política que reposa en una idea muy simple: si no hay drogas no hay consumo y por lo tanto no puede haber abuso.

Una molestia en el ojo clínico

Como se trata de una cuestión saturada de intereses económicos y políticos y de un fenómeno en el que los factores ideológicos aparecen con particular crudeza bajo la forma del prejuicio racial, el autoritarismo moralizante, y la dominación cultural y religiosa, resulta muy difícil pensar por fuera de los parámetros impuestos por el devenir de la política y la opinión pública. Situación que se ve con claridad al revisar las modificaciones del pensamiento médico sobre el tema. De hecho, el llamado "problema de las drogas" resulta impensable sino se tiene en cuenta el marco de la prohibición que lo encuadra y constituye.
El afán prohibicionista que sumó progresivamente nuevas sustancias a esa larga y creciente lista de vehículos de la ebriedad proscritos no sólo empañó los lentes de la ciencia al empaquetar elementos diversos bajo una misma etiqueta sino que agregó nuevos problemas al criminalizar sus usos. De esta forma germinaron y se multiplicaron las mafias del narcotráfico, se generó el mayor negocio ilegal del mundo contemporáneo, y se creo una nueva patología epidémica.
A la sociología no le costo demasiado tomar la diagonal de la prohibición trazada por el Derecho Penal y comenzar a pensar las causas de las conductas desviadas. Así se suceden diversos enfoques sobre la marginación social, las teorías funcionalista que consideran la anomia y las subculturas, y el interaccionismo, entre otras. No obstante, los intentos de elucidación de la cuestión desde la medicina resultaron mucho más engorrosas.
Nancy Kennedy, una de las principales autoridades académicas norteamericanas en materia de prevención ha señalado algunas de las dificultades médicas más comunes que se presentan a la hora de diagnosticar: "La adicción a las drogas es difícil de diagnosticar. A diferencia de muchas enfermedades crónicas e infecciosas basadas en pruebas de laboratorio para identificar una bacteria, un virus o un estado patológico específico, la recopilación de información sobre el abuso de drogas y otras enfermedades de adicción con frecuencia depende de informes subjetivos, pues incluso con la detección de una droga específica mediante una prueba de laboratorio, ello no implica un estado de enfermedad. Sin embargo, existen diversas indicaciones objetivas, como una marca de aguja y abscesos, que pueden sugerir el uso crónico de alguna sustancia". (9)
Pese a la multiplicidad de factores sociales que pueden motivar el consumo de sustancias psicoactivas ilícitas; a la diversidad de efectos físicos, psíquicos, y culturales que genera o propicia cada sustancia en particular; y a lo engorroso que resulta poder discriminar el consumo social recreativo y lúdico de una sustancia del hábito sin dependencia física, y de las adicciones; la racionalidad médica ha capturado esta problemática y le ha aplicado el aparato nocional y conceptual de la epidemiología, intentando además englobar la diversidad en una etiología específica como si se tratase de una enfermedad única resumible en un sucinto cuadro nosográfico. Como tal operación teórica resulta inviable epistemológicamente el discurso médico ha permanecido adherido a los avatares del devenir político del tema pasando de la patologización de la opción por el consumo a una estigmatización de las sustancias y una victimización del usuario.
Hasta los años 50, los comportamientos considerados característicos del alcoholismo y de abuso de sustancias psicotrópicas prohibidas eran observados institucionalmente desde una perspectiva moral como actos pasibles de sanción o castigo. No olvidemos que hasta entonces el denominado problema de la drogadicción estaba relacionado mayoritariamente con las minorías étnicas subordinadas y que la prohibición y represión del consumo de psicotrópicos configuraba una de las tantas formas de la xenofobia.
En 1956 la Asociación Médica Norteamericana (American Medical Association, AMA) resolvió reconocer el alcoholismo como una enfermedad, idea que se venía debatiendo desde por lo menos el siglo pasado. (10) No obstante, la elucidación de un cuadro nosográfico completo y específico referido a las drogas ilegales no era sencillo de formular en términos pasibles de ser aceptados por toda la comunidad científica.
Las dos primeras ediciones del famoso e influyente manual DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) editados por la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (American Psychiatric Association) en 1952 y 1968 respectivamente comprendían tanto el alcoholismo como la drogadicción o farmacodependencia dentro de un cuadro denominado Trastornos sociopáticos de la personalidad, nomenclatura que ponía el acento en el carácter transgresor del adicto y en su potencial peligrosidad. Ubicación diagnóstica que revelaba una fuerte vocación moralizante y que legitimaba ideológicamente el control represivo. Este enfoque prevaleció sin ser modificado substancialmente hasta comienzos de los años 80 y fue decisivo cuando la Organización de la Salud resolvió adoptarlo para su Clasificación Internacional de Enfermedades en 1969.
En la tercera revisión del DSM realizada en 1980 se modifica nuevamente el enfoque refinando la medicalización de este tema. Los trastornos derivados del uso de sustancias psicoactivas pasan ahora a ser vistos como comportamientos inadaptados debido a los efectos específicos de determinadas sustancias; se busca discriminar conceptualmente uso, abuso, y dependencia; se propone una evaluación multiaxial que comprende estados de comorbilidad como los trastornos físicos; y los fenómenos relacionados con el acostumbramiento a determinadas drogas y sus correspondientes cuadros abstinenciales pasan a integrar la lista de Trastornos mentales orgánicos.
Siete años después el DSM-III fue revisado nuevamente y se establecen nuevas pautas para el diagnóstico de Dependencia o de Abuso, indicándose una lista de síntomas posibles y señalando que la persistencia de tales síntomas debe ser corroborada en estudios longitudinales a lo largo del tiempo, con lo que se establece una nueva dimensión soslayada en los diagnósticos puntuales: el tiempo.
En este proceso de profundización y refinamiento de la opinión médica se da también una paulatina relativización de las consideraciones dogmáticas. Teniendo en cuenta la diversidad de sustancias, modos de consumirlas, y variantes metabólicas individuales y étnicas, los especialistas se han vuelto más cautelosos al evaluar genéricamente los efectos clínicos de las sustancia. Por tal razón importantes autoridades implicadas directamente en el diseño y desarrollo de políticas sanitarias como la antes mencionada Nancy Kennedy se encarga de dejar claro que: "Para algunos individuos los efectos de las sustancias psicoactivas son dañinos física o psicológicamente. Sin embargo, para otros, lo contrario es cierto, es decir, los efectos son terapéuticos."(11)

Hábitos y obsesiones

Si bien con el tiempo se han afinado los instrumentos y las técnicas diagnósticas, y se han logrado ciertos consensos en torno a lo que se denomina farmacodependencia afinando no está demás recordar que la mayoría de los consumidores no son asociales ni delincuentes y que se encuentran integrados a las dinámicas económicas y culturales de la sociedad. Incluso una gran parte de esta mayoría ni siquiera integra lo que podría ser considerado una subcultura. "El sector marginal de la población que consume drogas sería el único al que podría reconocérsele caracteres subculturales, siendo además el chivo expiatorio que carga con las presuntas "culpas" del resto de los consumidores de la sociedad, y a su vez, el receptor del control punitivo." (12)
En ese amplio grupo de consumidores experienciales, sociales esporádicos, o regulares de alguna sustancia cuando no es posible distinguir una causa orgánica para el mantenimiento de esa conducta se suele hablar de dependencia psicológica, una noción particularmente imprecisa y de difícil determinación.
Al despejar los prejuicios estigmatizantes de las funciones que cumplen las drogas no adictivas físicamente, es posible homologar -tal como sugiere Terence McKenna- la "dependencia psicológica" que se puede llegar a establecer en relación con estas sustancias a otros tipos de "dependencias" experimentados universalmente por los humanos y a los que normalmente llamamos hábitos. Y si estas costumbres llegan a estar investidas de una intensidad especial es posible homologarlas a las obsesiones. "Cuando los hábitos nos consumen, cuando nuestra devoción hacia ellos excede las normas establecidas por la cultura, los catalogamos de obsesiones. En dichas situaciones tenemos la sensación de que la específica dimensión humana del libre albedrío ha sido de algún modo violada. Nos podemos obsesionar con casi todo: con un patrón de comportamiento, como el de leer el periódico por la mañana, o con los objetos materiales (el coleccionista), la tierra y la propiedad (el potentado constructor), o el poder sobre otros (el político).
Mientras muchos de nosotros podemos ser coleccionistas, pocos tenemos la oportunidad de consentirnos nuestras obsesiones hasta el grado de convertirnos en magnates de la construcción o políticos." (13)
De todas maneras, a la luz de los conocimientos científicos contemporáneos resulta imposible separar la dimensión física de la psicológica. Los avances en neuroquímica se han encargado de restituir la unidad perdida y de disolver la dualidad cartesiana: mente y cuerpo.

Drogas endógenas

La joven ciencia de las drogas endógenas ha demostrado que el sistema nervioso humano se encarga de producir sustancias analgésicas parecidas a la morfina (endorfina); sustancias ansiolíticas similares al valium; y también unas curiosas moléculas denominadas psicodélicas endógenas que aumentan el campo perceptivo, provocan visiones, y propician la inspiración artística, entre muchas otras. "Es desconcertante el hecho de que la morfina de la planta papaverácea y las endógenas producen un efecto bioquímico muy similar a pesar de tener fórmulas químicas diferentes.
El descubrimiento de la endorfina y sus respectivos receptores fortaleció la sospecha de que el cuerpo humano puede disponer de una farmacia interna propia. Es capaz de producir una amplia gama de psicodrogas y no solamente las hormonas conocidas desde hace tiempo, la adrenalina y la endorfina.
El opio de las papaveráceas no es el único que encuentra receptores adecuados en el cerebro humano, también otros fármacos buscan sus receptores apropiados, ocupando un sitio que, en realidad, estaba previsto para moléculas de drogas endógenas específicas." (14)
El desarrollo de los conocimientos sobre la bioquímica de los neurotransmisores ha resignificado del punto de vista científico los más diversos actos, hábitos, obsesiones, y prácticas religiosas. Por ejemplo, esa marcada inclinación contemporánea por los deportes extremos -tan en boga últimamente- puede ser entendida como una forma algo mecánica de sobredimensionar regularmente la producción natural de drogas endógenas.
Las escaladas peligrosas, las riesgosas y largas travesías en skate en medio de una marea de autos, el bicicross, constituyen buenos ejemplos de esfuerzos extremos de larga duración que sirven para aumentar enormemente los niveles sanguíneos de noradrenalina y acetilcolina, así como los de las endorfinas y hormonas sexuales masculinas. Se ha comprobado que muchas personas con tendencias depresivas buscan inconscientemente estas situaciones para estimularse naturalmente mediante la sobreproducción de esas psicodrogas endógenas.(15)
El exponerse a situaciones también extremas como el "puenting" (arrojándose de un puente con los pies atados a una cinta elástica), la velocidad, o la obsesión por las apuestas en los juegos de azar (jugándose el futuro propio y muchas veces también el de sus familias) puede ser entendido desde la perspectiva de las drogas endógenas como una forma compulsiva de mantener determinados niveles en sangre consiguiendo así estados especiales de percepción y ánimo.
En el otro extremo, la "vigilia ascética" practicada por numerosas religiones en la que los creyentes se abstienen de dormir durante períodos prolongados configura una forma eficiente de movilizar sustancias mensajeras del sistema nervioso como la noradrenalina, la serotonina, y psicodélicas endógenas.
Esta nueva forma de comprender unificadamente los estados psicológicos y los somáticos
permite entender qué buscaban los yoguis mediante ejercicios respiratorios o de meditación, y qué intentaban lograr los monjes medievales que se flagelaban, o los místicos asiáticos que se colgaban con ganchos metálicos atravezándose la piel y los músculos.

Drogas high-tech

La lógica médica en torno a las adicciones ha desembocado -con toda justicia- en la consideración de otro tipo de prácticas que no implican la introducción en el organismo de ninguna sustancia sino la mera exposición a ese torrente oniroide de imágenes y sonidos que brota del televisor. Aunque parezca una cuestión marginal al asunto central de esta exposición la "adicción a la televisión" o por a su prima hermana, la computadora, constituyen buenos ejemplos de la relatividad de los conceptos y de la dificultad inherente al uso científico de la noción de dependencia.
Dejando de lado las implicancias fisiológicas sobre la visión y el organismo en general que conlleva la exposición regular e intensiva a los rayos catódicos, el hábito, obsesión, o adicción por la TV (según como se lo mire) presenta también del punto de vista sanitario otros riesgos. "La Asociación Española de Pediatría afirmó que la televisión representa hoy una nueva patología pediátrica, esencialmente psicosocial y agrega que la violencia televisiva interviene como factor determinante en las conductas masculinas violentas." (16)
Uno de los efectos físicos más comunes que se han relacionado con el "abuso" de televisión es el de la obesidad infantil mientras que a nivel psicológico se ha observado que genera inseguridad y dependencia de las jerarquías, agresividad, individualismo, y consumo posesivo.(17)
Otros estudios realizados por la Universidad de Nuevo México han revelado que entre el 2% y el 12 % de las personas que ven regularmente televisión se consideran adictos a la programación televisiva y sienten que no pueden abandonar la práctica de lo que ellos consideran un "vicio".
El investigador norteamericano Terence McKena, es uno de los autores que más ha trabajado las analogías que se pueden establecer entre la TV y las drogas. La televisión "fue la primera de un grupo creciente de drogas de alta tecnología que introducen al usuario en una realidad alternativa, actuando directamente en el aparato sensorial del consumidor, sin tener que introducir sustancias químicas en el sistema nervioso... Ninguna moda adictiva, epidemia o histeria religiosa se ha dispersado con tanta rapidez ni ha conseguido tantos conversos en un período de tiempo tan corto.
La analogía más próxima al poder adictivo de la televisión y de la transformación de los
valores que ha introducido en la vida de los adictos duros es probablemente la heroína. La heroína aplana la imagen; con heroína, las cosas no son ni frías ni calientes; el yonqui observa el mundo seguro de que no importa nada de lo que pase. La ilusión de conocimiento y control que la heroína engendra es similar al supuesto inconsciente del consumidor de televisión, para quien lo que ve es "real" en algún lugar del mundo. En realidad lo que se ven
son las mejoras cosméticas de la superficie de los productos. La televisión aunque no invade químicamente, es, sin embargo, tan adictiva y psicológicamente dañina como cualquier otra droga." (18)
Si bien la obsesión por la televisión tardó décadas en ser vista como un problema sanitario con la siguiente generación de lo que McKenna llama "drogas electrónicas" todo ocurrió vertiginosamente.
La nueva y reciente obsesión masiva por los programas informáticos y por la navegación en Internet, fue "diagnosticada" rápidamente y en muchos países han comenzado a aparecer clínicas de rehabilitación de adictos a la informática y grupos de ayuda mutua al estilo Alcohólicos Anónimos. De hecho en el Area de Psicología Social de la Facultad de Psicología recepcionamos a comienzos del 97 una demanda institucional de una importante empresa de computación cuyos directivos se encontraban preocupados por los diversos conflictos conyugales en los que se veían normalmente envueltos sus empleados, situación que perjudicaba ostensiblemente sus rendimientos. El plantel técnico de esta empresa estaba sufriendo una verdadera ola de separaciones y divorcios derivados de esa incontenible pasión. Paradójicamente, un número importante de programadores y operadores que trabajan a diario con ordenadores cuando llegan a sus hogares buscan al distenderse mediante la navegación en Internet, los videojuegos, o el reconocimiento de programas utilitarios. Costumbre difícil de conciliar con el diálogo familiar y otras necesidades domésticas.
Desde una perspectiva mucho más complaciente y casi antagónica a la de McKenna, el viejo profeta del LSD, Timothy Leary largó apenas entrada la década una idea provocativa que generó un cierto revuelo y animó numerosos foros de discusión en la red mundial de telecomunicaciones: La PC es el LSD de los noventa.
Cuando ya nadie esperaba algo novedoso de Leary, ese ex-profesor de Harvard (que durante los 60 configuró un emblema viviente del flower-power y un apólogo de la experiencia psicodélica) su figura volvió a cobrar prestigio a partir de su abanderamiento con la incipiente cyber-cultura. Fascinado por las posibilidades de la computación y las redes informáticas se dedicó a hacer un nido en la telaraña global y comenzó a vivir pegado al módem.
No obstante, Leary no quería referirse al potencial adictivo de las tecnologías informáticas sino a la recuperación de la psicodelia por parte de la cultura electrónica.
Según el último Leary, tanto la industria de hardware como la del software eran deudoras culturales de la psicodelia hippie. Como prueba de esto Leary se encargó de señalar que tanto Steve Jobs (cofundador de Apple) como Bill Gates (fundador de Microsoft y otro de los "chicos mimados" de Harvard) tuvieron una asumida etapa de consumo de psicotrópicos.(19)
Por otra parte todas las derivas post y ultra-lingüisticas de la imaginería visual electrónica recuerdan permanentemente la alucinación psicodélica. Incluso la ética con que los hackers van definiendo las reglas y el paisaje del cyber-espacio recuerda en gran medida el ansia libertaria de los otrora llamados "niños de la flores". Aunque también su ingenuidad.


(1) Ferré Olive, J., La legalización de las drogas como alternativas político-criminal, Universidad de Salamanca, España, 1988, citado por Diego Silva Forné en Legalización de las Drogas, ponencia presentada en el Primer Congreso Nacional Universitario de Derecho Penal y Criminología, 1992.
Independientemente del señalamiento de las contradicciones presentes en el marco normativo cabe aclarar que la marihuana no es una sustancia inocua. Según estudios realizados a fines de los años 80 por la Universidad de California (Los Angeles), la carga respiratoria en partículas de humo y en niveles de absorción de monóxido de carbono de un cigarrillo de marihuana es promedialmente cuatro veces mayor que un cigarrillo de tabaco con filtro, depositando cuatro veces más alquitrán, en la boca, la garganta, y los pulmones. Asimismo se han comprobado efectos perjudiciales sobre algunas funciones psíquicas como la memoria. De todas formas los apologistas de la marihuana sostienen que sólo un pequeño porcentaje de los consumidores de la misma se ocasionan un daño similar al del alcohólico o del adicto al tabaco ya que las dosis consumidas son normalmente mucho más bajas que las de los fumadores de tabaco Más información sobre estos estudios pueden ser revisados en Inciardi, J., La guerra contra las drogas, Op. Cit. pág. 240.
(2) Las bases farmacológicas de la terapéutica de A. Goodman, L. Goodman, y A. Gilman, Ed. Médica Panamericana, Buenos Aires, 1982 pág 128.
(3) En términos generales se entiende por adicción: el deseo de una droga acompañado por una dependencia física que induce a un consumo continuo, lo que a la postre genera una tolerancia a los efectos de la droga y un síndrome característico para cada una de las sustancias cuando el consumo se suspende abruptamente.
(4) Se entiende por tolerancia: un estado de resistencia adquirida a algunos o todos los efectos de una droga. Esta tolerancia se desarrolla luego de un consumo repetido, lo cual da como resultado una necesidad de aumentar la dosis para conseguir los efectos iniciales.
También se suele hablar de tolerancia cruzada entre drogas vinculadas farmacológicamente y que la tolerancia a los efectos de una se traslade a las otras.
Un fenómeno similar es la denominada dependencia cruzada: situación en que la dependencia se manifiesta sobre un grupo farmacológico. Por ejemplo, el síndrome de abstinencia a la heroína se evita con el consumo de otro opiáceo como la metadona.
(5) Como ya se ha señalado más arriba, por síndrome de abstinencia se entiende el conjunto de reacciones que se originan en el cuerpo del adicto a partir de la suspensión del consumo.
(6) Resulta ajustado considerar a los reformadores como "cruzados" dado que lo usual es que consideren su misión como algo sagrado. Howard Becker en Outsiders (The Free Press, New York, US, 1963) analiza convenientemente esta cuestión.
(7) Aparte de Outsiders de Becker también se puede hallar buena información ampliatoria sobre este aspecto en The Other Side (The Free Press, N.Y., 1964) del mismo autor; en Nuestro derecho a las drogas de Thomas Szasz, y en Drogas: distorsiones y realidades (Revista Nueva Sociedad No. 102) artículo de Rosa Del Olmo.
(8) Silva Forné, D., en Legalización de las Drogas, ponencia presentada en el Primer Congreso Nacional Universitario de Derecho Penal y Criminología, 1992, recopilada en Criminología y Derecho III, Ed. Fundación de Cultura Universitaria, Montevideo, 1992, págs. 128-129.
(9) Kennedy N., Efectos clínicos de las drogas psicoactivas: ¿dañinas o terapéuticas?, artículo compilado en Las adicciones: dimensión, impacto, y perspectivas, Ed. El Manual Moderno, México, D.F., 1994, pág. 286.
(10) D.J. Pittman, D.J. Pittman,Alcoholism, Ed. Harper and Row, Nueva York, 1967. págs. 201 y siguientes.
(11) Kennedy N., Efectos clínicos de las drogas psicoactivas: ¿dañinas o terapéuticas?, artículo compilado en Las adicciones: dimensión, impacto, y perspectivas, Ed. El Manual Moderno, México, D.F., 1994, Op. Cit. págs. 287.
(12) Silva Forné, D., en Legalización de las Drogas, Op. Cit. pág. 128.
(13) McKenna, T., El manjar de los dioses de Terence McKenna, Ed. Paidós, Barcelona, 1992, pág. 17.
(14 y 15) Zehentbauer J. , Drogas endógenas: Las drogas que produce nuestro cerebro, Ed. Obelisco, Barcelona, 1995, pág. 52 y pág. 216.
(16) Faraone, R., Televisión y Estado, Ed. Cal y Canto, Montevideo, 1998, pág. 81.
(17) Para una visión más completa de este tema resulta recomendable leer el libro del Prof. Faraone antes indicado de donde he extraído estos datos.
(18) T. McKenna, El manjar de los dioses, op. cit. pág. 276 y 277.
(19) Sobre Leary es posible encontrar buena información en su home page: www.leary.com.


Fragmento del libro Los Fármacos Malditos (Ed. Nordan), Montevideo, 1999. en la categoría Investigación y Divulgación Científica.

DROGAS, CORRECCIONALES Y CONVENTOS



por Juan E. Fernández Romar

El denominado problema de la droga es objeto de múltiples discursos y modelos de intervención. Médicos, abogados, psicólogos, y pedagogos, entre otros, han desarrollado técnicas especiales tanto para el abordaje de las personas que son consideradas drogodependientes como para el desarrollo de campañas de prevención. Actualmente, no sólo las personas que han sido recluidas voluntaria o forzadamente para ser sometidas a un tratamiento de rehabilitación sino toda la población es objeto de determinados procesos de normalización en relación con las sustancias que consumen. Estos procesos incluyen por un lado estrategias represivas, y por otro, maniobras más blandas basadas principalmente en la pedagogización y en la medicalización de las poblaciones consideradas de riesgo (infancia, adolescencia, primera juventud). Prácticas que se deben contextuar en un proceso histórico de crecimiento de un mercado internacional de sustancias prohibidas, que además ha estado caracterizado por una tasa muy baja de represión eficaz, y por una magnificación geopolítica del valor estratégico de los psicotrópìcos ilegales.

La ineficacia manifiesta de la guerra a las drogas y el reconocimiento progresivo de los efectos perversos de la prohibición han intensificado en los últimos años los cuestionamientos políticos y académicos de las posturas penalizadoras del uso de sustancias psicoactivas ilegales. Aunque los argumentos ya estaban expuestos desde mucho antes desde 1993, nadie puede a partir de ese año dejar de considerar la despenalización de las drogas como una propuesta seria, válida, y respetable.

En ese año no sólo trascendió un informe desesperanzado de la INTERPOL (1) en el que se evaluaba negativamente las políticas represivas que habían desarrollado a lo largo de veinte años sino que el Premio Nobel Gabriel García Márquez, lanzó un manifiesto a favor de la legalización en un documento que fue suscrito por una larga lista de personalidades políticas, académicas, y artísticas, en la que figuraban Fernando Savater, Antonio Escohotado, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Joan Manuel Serrat, Pilar Miró, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Marsé, y Terenci Moix entre muchos otros.

Desde entonces, las posturas parcial o totalmente despenalizadoras han ganado terreno en todo el mundo. Hoy ya no sorprende que representantes de la Suprema Corte de Justicia, o algún ministro se muestren partidarios de una reconsideración de la legislación uruguaya sobre las drogas y hasta admitan una eventual despenalización de las llamadas "drogas blandas". De hecho en la última reunión de expertos sobre economía y consumo de drogas ilícitas organizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) que se realizó en Santiago de Chile en enero de 1997 predominaron ampliamente las posiciones despenalizadoras tal como consta en las actas del mismo publicado luego por las Naciones Unidas.(2)

Una guerra fracasada

Con el correr de los años, ha quedado en evidencia que la prohibición no ha hecho más alentar una poderosa economía ilegal internacionalizada debido a los exorbitantes precios que propicia su propia condición ilegal. Comercio que ha permanecido en manos de sindicatos criminales que han monopolizado la producción y distribución mediante el ejercicio de la violencia y la corrupción.

La guerra a las drogas ha sobrecargado los aparatos judiciales penales con inofensivos consumidores y con figuras menores de la organizaciones criminales (abocados mayoritariamente a la distribución al menudeo) pero sin conseguir desmantelar las redes ilegales de comercialización; y ha estimulado además conductas delictuosas en algunos usuarios que quieren conseguir una sustancia artificialmente cara.

Asimismo, las políticas represivas en materia de drogas han fomentado el abandono progresivo de los ideales liberales y la elaboración de un derecho penal cada vez más restrictivo de las garantías individuales mientras que en el plano internacional ha asumido características intervencionistas. Para los Estados Unidos, la droga se ha convertido en un asunto de seguridad nacional y en virtud de ello han operado clandestinamente en el extranjero y paradógicamente, han utilizado política o comercialmente sustancias prohibidas para defender sus intereses geopolíticos. (3)

Estas son algunas de las muchas razones que se han esgrimido históricamente para demostrar que los eventuales beneficios del prohibicionismo son mucho menores que sus costos.

Paralelamente, cabe recordar que no todas las sustancias prohibidas presentan los riesgos que se le han atribuido desde su prohibición. Tal es el caso de la cannabis (marihuana) planta que ha integrado el arsenal curativo de la humanidad los últimos 5000 años y que recientemente ha sido reivindicada como un medicamento legítimo en más de veinte Estados norteamericanos en virtud de sus posibilidades medicinales, siendo legal su uso con tales fines.

De todas formas, debo señalar que estas observaciones no implican desconocer los efectos perjudiciales y los riesgos que conllevan sustancias como la heroína o el bazuco. No obstante, también es conveniente tener en cuenta no sólo los peligros farmacológicos de las sustancias ilegales sino los riesgos inherentes a su propia condición ilegal. En otras palabras: sustancias que fueron prohibidas porque se las consideraba peligrosas terminaron siendo mucho más peligrosas por estar ilegalizadas.

El camino ascético del bien

El auge universal del prohibicionismo no puede ser explicado exclusivamente por la influencia política de los Estados Unidos ni por la conjunción de determinados intereses militares y económicos de la DEA, y de los carteles del narcotráfico. Por detrás de todos los movimientos políticos, los acuerdos internacionales, los textos de derecho penal, y las estrategias bélicas desplegadas por Estados y ejércitos privados, está un concepción histórica del "bien" acuñada a lo largo de siglos y un mandato ético subyacente, implícito y poco cuestionado. Una cuestión que en nuestro país ha sido trabajada con especial lucidez por el sociólogo Rafael Bayce: "...la civilización occidental urbana del siglo XIX y XX, judeo-cristiana-occidental-urbana está afiliada a una concepción ascética del bien. A un camino de perfección que se consigue a través de un proceso de llegada progresiva y merecedora de una determinada gracia, a obtener una gracia por unas obras, que implica un camino ascético de llegada a la perfección , premiada en el más acá o en el más allá, de una manera u otra, según las religiones y las concepciones morales.

Pero hay otra enorme concepción que divide a la humanidad en dos, que es la concepción místico.extática-contemplativa, en la cual la perfección no se obtiene básicamente por una ascética progresiva por un contacto místico con lo divino a partir de un determinado estado alterado sicosensorial que se produce de una determinada manera."(4)

Nuestra cultura es heredera tanto de una espiritualidad cristiana (que ha hecho de la autorrenuncia de los impulsos una condición para la salvación) como de una tradición secular que considera el respeto a la ley externa como la base de la moral. No obstante, sin necesidad de remontarnos en la historia y sin buscar fuera del continente encontramos ejemplos de otras culturas que les dan a las plantas psicoactivas un uso festivo y lúdico o bien las convierten en instrumento de la contemplación extática y en vehículos hacia la divinidad respetando ciertas tradiciones que vienen desde la más remota antigüedad.

Los shuar, por ejemplo, pueblo cazador-recolector que habita actualmente el bosque húmedo de la amazonia ecuatoriana hace un uso intensivo y habitual de sustancias psicotrópicas estableciendo desde la misma infancia un contacto con enteógenos como la ayahuasca. Los shuar "consumen ayahuasca para resolver sus problemas, para reafirmar su cosmovisión y para entrar en contacto con su mundo mítico. Lo toman para hablar, para que les dé el poder y para establecer normas y procedimientos sociales, para condicionarse, para reforzar ideas referidas a soluciones y para canalizar procesos mentales en un sentido que podríamos llamar de oniromancia abierta a interpretaciones (lo que ven es lo que tienen que hacer)" (5)

Como ha señalado Bayce la anatemización del uso dionisíaco, místico, o extático-contemplativo de sustancias psicoactivas, no es más que un reflejo de una actitud etnocéntrica que desconoce el patrimonio cultural y experiencial de una buena parte de la humanidad.

En el enfoque religioso y cultural predominante en Occidente: "Todo lo que dionisíaco, romántico, místico, extático-contemplativo, no sirve; es pecaminoso, es inmoral, debe ser anatemizado y combatido. Esa es nuestra, y en parte por eso las drogas son anatemizadas. Porque una enorme cantidad de civilizaciones, no judeo-cristianas-occidentales-urbanas, usan la droga con un sentido absolutamente distinto, con un sentido de éxtasis místico-contemplativo, por reforzar la cohesión social a partir de la adquisición compartida de estados alterados, que llevan a un estado no natural y que permiten una comunión espiritual en las civilizaciones que comparten ese determinado ritual.

Hay entonces una raíz muy importante, en la que Eros está vencida por Thanatos, en que Dionisos es vencido por Apolo, en que lo ascético derrota a lo místico-extático...

Esa concepción apolínea de la mesura no es mayoritaria en toda la historia del género humano, ni es mayoritaria en el momento presente, si tomamos en cuenta civilizaciones orientales y tribus de muchas partes del mundo, y el mundo rural y parte de las clases altas y bajas." (6)

Esta visión relativista se inscribe en una tradición que nos remonta a Nietzsche, el primer filósofo que intentó desarrollar una genealogía de la moral (7) para explicar los comportamientos sociales que parecen más naturales y obvios. Nietzsche protestó más de una vez contra la hegemonía de la moral cristiana y puso en cuestión la base de esa cosmovisión axiológica. "La moral cristiana de la abnegación, la moral del sacrificio, es en realidad una moral que implica la renuncia a uno mismo. Cuando se coloca el centro de gravedad de la vida no en la vida sino en el "más allá" -en la nada- se le ha quitado a la vida como tal el centro de gravedad. La gran mentira de la inmortalidad personal destruye toda razón, toda naturaleza existente en el instinto -a partir de ahora todo lo que en los instintos es beneficioso, favorecedor de la vida, garantizador del futuro, suscita desconfianza." (8)

Negocios y religión

De todas maneras, resulta insuficiente explicar el arraigo de la prohibición y su mantenimiento en el derecho penal durante décadas desde la exclusiva sintonía del afán proscriptor con un ethos judeo-cristiano-occidental y urbano. Para ampliar esta perspectiva se vuelve necesario recordar algunos planteos weberianos que pueden ayudarnos a comprender los mecanismos de producción de subjetividad anudados en torno a la problemática de la droga..

A comienzos de siglo, mientras viajaba en tren por el legendario far-west Max Weber se encontraba estudiando la función social que cumplen las creencias religiosas y su relación con el capitalismo. Por entonces, Weber reparó en un detalle poco explorado por el pensamiento sociológico de entonces: la existencia y supervivencia del capitalismo requiere no sólo de mecanismos de explotación y acumulación de riqueza sino que también exige la producción de capitalistas, es decir, personas abocadas a la producción de capital mediante un complejo proceso de acumulación y reinversión de ganancias. Profesionales de los negocios regidos por criterios morales que favorecen el desarrollo del capitalismo y que orientan su vida en torno al acrecentamiento de sus fortunas personales.

Weber observó también que esos profesionales de los negocios encontraban necesario el esgrimir públicamente ciertas garantías morales, y que para obtener ese grado de credibilidad recurrían a las congregaciones religiosas de fieles, las cuales cumplían una función reguladora sobre los comportamientos públicos de sus feligreses. "El hecho de haber sido admitido en la congregación era aceptado como una garantía absoluta de las cualidades morales de un caballero, sobre todo de aquellas cualidades necesarias para los negocios..."(9)

Por entonces Weber desarrolló su conocida explicación de por qué los países protestantes habían aventajado a los católicos en su desarrollo económico debido a que éstos últimos se habían mostrado mucho más hedonistas y habían demorado más en arribar a una mentalidad capitalista.

El ethos protestante, encarnado emblemáticamente en la figura del calvinista propiciaba el desarrollo de una subjetividad en plena sintonía con la acumulación de riqueza. El calvinista constituía el mejor ejemplo del ascetismo intramundano y estaba orientado por un código de valores más proclive al rigorismo ahorrativo y a la escrupulosidad comercial.

"El puritano quiso ser un hombre profesional: nosotros tenemos que serlo también; pues desde el momento en que el ascetismo abandonó las celdas monásticas para instalarse en la vida profesional y dominar la moralidad mundana, contribuyó en lo que pudo a construir el grandioso cosmos del orden económico moderno que, vinculado a las condiciones técnicas y económicas de la producción mecánico-maquinista, determina hoy con fuerza irresistible el estilo vital de cuantos individuos nacen en él (no sólo de los que en él participan activamente), y con seguridad lo continuará determinando durante muchísimo tiempo más..."(10)

Sociedades disciplinarias

Más cerca en el tiempo Michel Foucault complementó los análisis de Weber sobre la mentalidad capitalista introduciendo una microfísica del poder capaz de explicar el proceso de producción de fuerza de trabajo, de trabajadores funcionales para el sistema, y de poner en evidencia el poder que moldea las conciencias y disciplina los cuerpos creando una sociedad de normalización.

"A partir del momento en el que la capitalización puso entre las manos de las clases populares una riqueza investida bajo la forma de materias primas, de maquinaria, de instrumentos, fue absolutamente necesario proteger esta riqueza. Y es que la sociedad industrial exige que la riqueza no esté directamente en manos de quienes la poseen sino de aquellos que permitirán obtener beneficios de ella trabajándola. ¿Cómo proteger esta riqueza? Mediante una moral rigurosa: de ahí proviene esta formidable capa de moralización que ha caído desde arriba sobre las clases populares del siglo XIX. " (11)

La producción de una fuerza de trabajo sistémica que no comprometiera el proceso de acumulación de riqueza con sus exigencias u apetitos exigió un vasto y complejo programa de control y de adoctrinamiento, logrado mediante diversas formas institucionalizadas de violencia. Para pensar tales formas Foucault puso en primer plano dos instituciones que hasta entonces habían sido vistas como poco relevantes o secundarias en los procesos sociales: las cárceles y los manicomios.

Foucault arrastra hacia el centro de los estudios sociales dos ámbitos tradicionalemente relegados en una posición marginal con respecto al pensamiento social crítico y descubre que los mismos cumplen un papel nuclear en la producción de sujetos sometidos.

"Nos encontramos ante dos instituciones necesarias para el mantenimiento del orden establecido: la ficción de la libertad y la ficción de la racionalidad del sistema. La cárcel crea la ficción de la libertad: nos sentimos libres porque no estamos en la cárcel, porque no hemos sido condenados a la privación de libertad. Al estar la cárcel identificada con la privación de la libertad puede operar la ficción de una sociedad de libertades. Por su parte, el manicomio crea también una ficción muy importante para la legitimación del orden que es la ficción de la racionalidad. El sistema aparece como racional porque la locura está aislada, está neutralizada, en esos espacios a la vez de reclusión y tratamiento que son los manicomios. Así pues, cárcel y manicomio cumplen a través de su pesada materialidad varias funciones, de crear espejismos operativos (la ficción de la libertad y la ficción de la racionalidad) que hacen aceptable el desorden instituido, entre otras cosas porque estas representaciones no cuestionadas contribuyen a metamorfosear en el imaginario social el desorden en orden. Pero además, la cárcel y el manicomio son dos espacios de poder fundamentales porque operan como laboratorios sociales: son espacios de observación, experimentación, y tratamiento de sujetos, unos sujetos que se caracterizan precisamente por su peligrosidad social" (12)

Aunque ambas instituciones cumplen funciones distintas y adoptan formas organizativas diferentes también presentan rasgos comunes. Ambas son espacios de aislamiento y encierro para desviados que representan las formas más puras de peligrosidad social desde la perspectiva de los grupos dominantes y ambas reclutan sus poblaciones entre las clases populares siendo la expresión más acabada de mecanismos de segregación y marginación.

Presos y locos también presentan características comunes. Ambas poblaciones han sido definidas por sus violaciones del consenso social. Las distintas formas de la transgresión ejercidas por los criminales y los locos comenzaron a ser entendidas como traiciones a un pacto social anclado en el orden democrático. Los criminales no respetaban el consenso legal y los locos cuestionaban la posibilidad de un orden que la burguesía creía justo y basado en la razón pese a las crueles y evidentes desigualdades sociales.

Aunque los porcentajes de personas recluidas en tales centros no era muy importante del punto de vista cualitativo, esas instituciones de encierro cumplieron un rol destacado en el desarrollo de técnicas de disciplinamiento social. "Del control de los peligrosos sociales, de las innovaciones técnicas destinadas a disciplinar, a domar, a adiestrar a los más recalcitrantes enemigos del nuevo orden social, se generaron mecanismos que se ensayaron más tarde, a campo abierto, sobre poblaciones más amplias. Así pues la neutralización de los peligrosos sociales en esos laboratorios sociales que son la cárcel y el manicomio va a permitir producir mecanismos disciplinarios de producción de los sujetos en masa." (13)

Antes que Foucault, el fundador de la sociología moderna Emile Durkheim ya se había percatado de la necesidad social de delimitación de las conductas desviadas para la creación colectiva de un canon de normalidad y había señalado que los castigos no eran sanciones elaboradas para corregir al desviado sino que apuntaban al disciplinamiento de las masas. "Sin paradoja, cabe decir que el castigo está sobre todo pensado para obrar sobre las gentes honradas, pues cura las heridas sufridas por los sentimientos colectivos." (14)

Dispositivos de control

La reclusión en prisiones durante el siglo XVIII era sólo una de las técnicas represivas. No obstante, en el siglo siguiente se convierte en la norma y aparece con toda nitidez (al decir de Foucault) "esa curiosa idea" de encarcelar para reencausar. Los procedimientos judiciales son reemplazados por juicios públicos y la práctica de la tortura cede su lugar a plazos indeterminados o secretos, de reclusión.

El dispositivo que más llama la atención de Foucault es la invención del Panopticon ideado por el filósofo inglés Jeremías Bentham, el más grande teórico del poder burgués del siglo XVIII según Foucault. Mediante ese recurso arquitectónico las autoridades penitenciarias buscaban controlar las mentes de toda la población de reclusos.

Bentham propuso que los prisioneros estuviesen alojados en una estructura rectangular erigida en torno a un patio central en el que se encontraba una torre que podía alojar a un guardia. El edificio debía de estar dispuesto de tal forma que el guardia podía ver dentro de cada celda pero sin ser visto por los prisioneros. Por eso lo denominó panóptico, es decir, un ojo total, absoluto, capaz de ver lo que sucede en todas partes. El guardia (figura menor, supernumeraria, e intercambiable) se convirtió por esta vía en una especie de autoridad subrogada de Dios, un observador y evaluador de la conducta carcelaria, habilitado para distribuir recompensas y castigos.

Este dispositivo que parece basado en el dogma de la omnisciencia de Dios, sostenida por todas las religiones monoteístas, guarda también relación con el concepto del superyó freudiano, en tanto control interno de los impulsos inconscientes, y puede considerarse además como el soporte ideológico de los sistemas de control computarizado.

La eficacia de este dispositivo llevó a que se aplicase con variantes en campos tan variados como la salud (para el control de grupos en cuarentena o de internados en nosocomios psiquiátricos); la producción (para la vigilancia de los obreros en las plantas industriales); el ejército (para el control de la tropa), y la educación (para la toma de exámenes).

La solución arquitectónica del panóptico transformó los efectos de la reclusión, que pasó de ser un simple alejamiento de la vida social para convertirse en un poder absoluto sobre el recluso, al introducirlos en un estado de visibilidad consciente y permanente que garantizaba el funcionamiento automático del poder. Se había descubierto un método de probada eficacia para la normalización de grandes grupos. Luego vendrían la burocracia y la computación. "Todo lo que se necesita son huellas de conducta: actividades de tarjeta de crédito; boletos de viaje; cuentas de teléfono; pedidos de préstamos; archivos de bienestar social; huellas dactiloscópicas; trámites de rentas; ficheros de bibliotecas; etc. Valiéndose de estas huellas, una computadora puede reunir una información que configura un cuadro sorprendentemente pleno de la vida de un individuo" (15)

La expansión de los mecanismos disciplinarios determinó la difusión universal del poder normalizador, al fundamento de una nueva totalización y de un nuevo sistema de dominio. Las nuevas disciplinas moldearon las consciencias y el control pasó a estar en todas partes. La actividad de juzgar pasó a ser desarrollada en todas partes y se convirtió en una de las funciones sociales principales con la aparición del maestro-juez, el médico-juez, el educador-juez, el asistente social-juez, el psicólogo-juez (entre muchísimos otros), sobre los cuales reposa en reino de lo normativo.

Los rasgos más notorios del sistema carcelario fueron tomados de prácticas de disciplinamiento anteriores. El riguroso control de la locación témporo-espacial de los cuerpos de los reclusos fue tomado de prácticas militares que se habían revelado exitosas con anterioridad.

Criticando a historiadores liberales y marxistas, Foucault propone considerar con igual entusiasmo y dedicación los efectos generados por la invención de la máquina de vapor como los efectos de ocasionados por la invención de nuevas tecnologías políticas, ya que las mismas se convirtieron en los instrumentos privilegiados de producción de subjetividad en el siglo XIX y comienzos del XX. Para ello sugiere dos direcciones complementarias el estudio de las técnicas de disciplinamiento y el de las técnicas de individualización del poder. "Disciplina es en el fondo, el mecanismo del poder por el cual alcanzamos a controlar en el cuerpo social hasta los elementos más tenues por los cuales llegamos a tocar los propios átomos sociales, eso es, los individuos" Las técnicas de individualización del poder integradas a los procesos disciplinarios serían en cambio, aquellas que posibilitan: "Cómo vigilar a alguien, cómo controlar su conducta, su comportamiento, sus aptitudes, cómo intensificar su rendimiento, cómo multiplicar sus capacidades, cómo colocarlo en el lugar donde será más útil." (16)

Foucault encuentra que estas tecnologías de disciplinamiento e individualización del poder se ensayaron primero en los cuarteles y en los colegios de jesuitas para luego ser trasladados a otros ámbitos.

En el ejército se tornaron particularmente necesarias a partir de la invención de los fusiles y otras tecnologías sofisticadas de destrucción que requerían de habilidades y entrenamiento específico, o sea, a partir del momento en que el soldado dejó de ser simple carne de cañón para convertirse en una compleja máquina de guerra. Foucault halla la cristalización de ese fenómeno en el disciplinadísimo ejercito prusiano de Federico II, el cual invertía la mayor parte del tiempo en entrenamiento.

Paralelamente, en el ámbito educativo se desarrollaron nuevas técnicas de disciplinamiento e individualización que luego se expandirían a otros espacios. Como correlato del suboficial del ejército aparece la figura del celador, y se comienzan a establecer clasificaciones mediante notas cuantitativas, sistemas de exámenes, controles periódicos, al tiempo que se adoptan formas atenuadas de panoptismo en las aulas, con el profesor en un nivel superior y todos los bancos en filas.

Instituciones totales

A fines de la década del 50, mientras Foucault desarrollaba sus investigaciones sobre el devenir histórico de la locura, en los Estados Unidos, Erving Goffman realizaba un amplio trabajo de campo que le permitió formular un incisivo análisis de una institución manicomial, el hospital St. Elizabeth de Washington.

Uno de los primeros elementos que observó Goffman, fue la homología estructural existente entre ese manicomio y otras instituciones cerradas como cárceles, cuarteles, reformatorios, orfelinatos, hospitales, y geríatricos, en las que la separación posible entre el tiempo de trabajo, el tiempo dedicado a la vida privada, y el tiempo ocio se difuminan significativamente. A estas instituciones Goffman las denominó "total institution", es decir instituciones totales o totalitarias, "un lugar de reincidencia y trabajo, donde un gran número de individuos en igual situación, aislados de la sociedad por un período apreciable de tiempo, comparten, en su encierro una rutina diaria, administrada formalmente". Esta investigación titulada Internados (17) -que fue publicada originalmente en 1961- dio cuenta de las características principales de tales instituciones, auténticos archipiélagos de absolutismo, altamente jerarquizados en la que una minoría de técnicos auxiliados por personal subalterno ejerce el poder sobre una mayoría silenciada y encerrada que es sometida ritualmente a una serie de prácticas preestablecidas.

En la racionalidad legitimadora de los manicomios subyace la misma premisa que en las cárceles, la idea que el encierro combinado con otras prácticas disciplinarias puede rehabilitar, es decir, lograr una transformación profunda de sus internados normalizándolos. Ese "curioso proyecto de encerrar para reencauzar" como dice Foucault, encuentra su base doctrinaria en la más antigua de las maquinarias disciplinadoras: el convento.

"Como es bien sabido, los recintos conventuales surgieron como lugares de aislamiento del mundo y sus tentaciones, con la finalidad de contribuir a una transformación interior de los enclaustrados, de forma que se cumpliese el objetivo paulino de "matar al hombre viejo para que nazca el hombre nuevo". Son espacios de reclusión voluntaria destinados a operar una conversión del alma mediante la mortificación del cuerpo. El cuerpo es sometido a toda una serie de rituales y privaciones que podemos englobar bajo la rúbrica de ejercicios disciplinarios. En el convento, la Santa Regla ha codificado los ritmos de existencia, los desplazamientos, las horas, los silencios. Los internos están obligados a practicar la penitencia, la obediencia, la castidad en fin; la vida en los conventos responde a un régimen cerrado y perfectamente programado de vida... A cambio de los rituales de mortificación del yo, a cambio de tantos sacrificios y privaciones, los internos esperan alcanzar la santidad en este mundo y en el otro la vida eterna...Las instituciones de corrección se desarrollaron en los siglos XVII y XVIII, a partir del modelo conventual, con la finalidad de inmovilizar, aislar, y transformar a pobres y vagabundos." (18)

Las nuevas formas secularizadas de "conventos" (manicomios, cárceles, internados estudiantiles) que comenzaron a aparecer durante el siglo XIX, presentaban una nueva legitimidad dada por los médicos alienistas, criminólogos, y educadores, quienes revalorizaron los espacios cerrados "bendiciéndolos" con sus poderes al tiempo que moldeaban sus respectivas instituciones para producir sujetos dóciles y útiles Ya no se trataba de ajustar a la clase trabajadora a los preceptos necesarios para celebrar la "Gloria de Dios" sino de cumplir con los requerimientos nobles de la "República" mediante el esfuerzo y la sumisión a los dictámenes de la burguesía.

Pese a que enseguida se percibió que las instituciones totalitarias no cumplían estrictamente con los cometidos que se les habían asignado, de todas formas configuraban verdaderas usinas de subjetividad normalizando el cuerpo colectivo al tiempo que sometian el cuerpo de sus reclusos y comenzaban a revelar nuevas funcionalidades. Las cárceles, por ejemplo, no tardaron en revelar su negatividad; no re-educaban ni generaban individuos obedientes sino que potenciaban la delincuencia. No obstante, no fueron cuestionadas y encontraron otras formas inconfesadas de legitimación. En una entrevista concedida en 1976, Foucault sintetizó magnificamente este aspecto: "La delincuencia tiene cierta utilidad económica y política en las sociedades que conocemos...1) cuanto más delincuentes existan más crímenes existirán, cuanto más crímenes haya más miedo tendrá la población y cuanto más miedo haya en la población más aceptable y deseable se vuelve el sistema de control policial.

La existencia de ese pequeño peligro interno permanente es una de las condiciones de aceptabilidad de ese sistema de control, lo que explica porque en los periódicos, en la radio, en la televisión, en todos los países del mundo sin ninguna excepción, se concede tanto espacio a la criminalidad como si se tratase de una novedad en cada nuevo día. Desde 1830 en todos los países del mundo se desarrollaron campañas sobre el tema del crecimiento de la delincuencia, hecho que nunca ha sido probado...

Pero eso no es todo, la delincuencia posee también una utilidad económica; vean la cantidad de tráficos perfectamente lucrativos e inscriptos en el lucro capitalista que pasan por la delincuencia: la prostitución...el tráfico de armas, el tráfico de drogas, en suma, toda una serie de tráficos que por una y otra razón no pueden ser legalmente y directamente realizados en la sociedad, pueden serlo por la delincuencia que los asegura.

Si agregamos a eso el hecho de que la delincuencia sirve masivamente...a toda una serie de alteraciones políticas tales como romper huelgas, infiltrar sindicatos obreros, servir de mano de obra y guardaespaldas de los jefes de los partidos políticos, aun de los más o menos dignos." (19)

Pero junto a la "familia" de las tecnologías disciplinarias y de individualización aparece en la segunda mitad del siglo XVIII, en Inglaterra y Alemania, una nueva tecnología que no enfocaba a los individuos sino que apuntaba al trabajo con poblaciones. La invención del concepto de población permitió dar ingreso a una serie de técnicas estadísticas, administrativas, económicas, y políticas para la regulación de las masas. Ligada a determinadas necesidades de regulación demográfica emergen junto con el concepto de población, los problemas de higiene pública, las condiciones sanitarias, y las relaciones en las tasas de mortalidad y natalidad.

"La vida se hace a partir del siglo XVIII, objeto de poder, la vida y el cuerpo. Antes existían cuerpos y poblaciones. El poder se hace materialista. Deja de ser esencialmente jurídico. Ahora debe lidiar con esas cosas reales que son el cuerpo, la vida." (20)

Más adelante, en las últimas tres décadas del siglo XIX las denominadas instituciones de socialización cobran especial relevancia. La escuela pública, obligatoria y gratuita, emerge en la mayoría de los países industriales como una herramienta de civilización de los niños de las clases populares en el marco de ciertas concepciones que planteaban niveles de continuidad entre las formas perversas de relacionamiento social como la locura o la criminalidad, las degeneraciones, y la infancia. De esta forma las instituciones previsoras se van a imponer sobre las correctoras, y las instituciones de socialización y resocialización van a ganar terreno frente a las formas más duras de represión y control y van a ganar protagonismo frente a los manicomios y las cárceles.

En este marco, la familia y la escuela se convirtieron en instancias privilegiadas de producción de normalidad siendo la infancia el blanco preferido de los mecanismos de producción de ciudadanos respetuosos de la ley.

"No en vano la familia y la escuela presentan analogías con el espacio de aislamiento manicomial, en la medida en que se convierten en ámbitos separados de la vida social en los que van a arraigar con especial fuerza los código médico-psicológicos: en la familia, el familiarismo psicoanalítico; en la escuela, las pedagogías psicológicas. Freud y Piaget construyeron sus teorías, quizás sin ser conscientes de ello, a la sombra de los grandes peligrosos sociales." (21)

Bajo la égida del maestro, y a la sombra de inspectores en continua circulación (dos delegados fundamentales del Estado) la escuela pública se va a convertir en la heredera de diversas técnicas de disciplinamiento, en un instrumento privilegiado de moralización de los hijos de los obreros, y en el baremo principal de la normalidad.

No obstante, ese gigantesco dispositivo normalizador conformado por la escuela pública se vio desde su origen conmovido por una legión de inadaptados, de chicos disfuncionales de diversa naturaleza que fueron englobados en el bolsón de los anormales. "Para estos niños y jóvenes, catalogados como anormales y delincuentes, se crearon instituciones totales de control, de carácter híbrido entre las cárceles, los manicomios y las escuelas: los correccionales y los institutos psicopedagógicos. En estos nuevos centros, los códigos psicológicos encontraron un punto de anclaje desde el que se desarrollaron en íntima relación con la creación de nuevas técnicas de observación e intervención. Nacían así las pedagogías psicológicas que sirvieron de punta de lanza de numerosos programas de renovación pedagógica, una renovación que tendencialmente se hizo cada vez más extensiva al grueso de las instituciones escolares." (22)

Educadores, psiquiatras, criminólogos, y epidemiólogos van a coincidir en su esfuerzo por tutelar la infancia y la juventud, al tiempo que definen cuatro campos de intervención: 1) un campo pedagógico y educativo abocado a la vigilancia, moralización, y disciplinamiento e individulización del poder sobre niños y jóvenes; 2) un campo jurídico y correccional de disciplinamiento duro de los desviados que han superado los equipos normalizadores de la familia y la escuela; 3) un campo psiquiátrico y psicológico de vigilancia más profunda que paulatinamente se enriqueció con nuevos recursos químicos capaces de controles variables (gruesos y finos) del comportamiento; 4) y un campo estadístico-epidemiológico que permite otra forma de vigilancia basada en la frecuencia, distribución, y evolución en términos poblacionales de ciertas unidades molares de comportamiento. Recurso que permitió -a partir de su difusión- el desarrollo de nuevas formas de gestión de los riesgos sociales, el diseño de nuevas modalidades de promoción de modelos normativos, y nuevas estrategias de ajuste de las disidencias.

En este proceso gradual, en el que los mecanismos preventivos ganaron terreno a las formas represivas más duras se dio un movimiento expansivo de la psiquiatría y del pensamiento psicológico que llevó a una patologización de los efectos de la miseria social y de numerosos hábitos de las clases populares, al tiempo que se naturalizó el modelo burgués de convivencia y realización personal.

Normalizando la juventud

Curiosamente, el tratamiento que se instrumenta frente al consumo de sustancias ilegales convoca todas las formas de disciplinamiento y control, desde las más duras como la cárcel hasta las más dulces formas de resocialización (comunidades terapéuticas abiertas no-represivas). El fantasma de la droga ha redefinido las relaciones intergeneracionales y ha legitimado el desarrollo de múltiples formas de vigilancia y estrategias de normalización de la juventud que van desde revisaciones humillantes en la puerta de los recitales hasta el uso de sabuesos entrenados para la detección de consumidores de marihuana o cocaína en los balnearios del este.

Aunque las intervenciones judiciales y policiales para la represión de los consumidores son presentados como medidas concretas sobre los disidentes, en realidad se trata de operar normativamente sobre las masas. Como ha dicho Escohotado: "Sería pues una grave miopía pensar que este tipo de precepto intenta disuadir a ciertas personas en cuanto al uso de ciertas drogas. Esa es sólo la finalidad aparente . La real se basa en que las "gentes honradas" sientan a la vez temor (ante la perspectiva del estigma) y placer (viendo castigada la desviación). Como la meta es reafirmar a cierto grupo en sus actitudes, no son leyes para los dope friends, sino autos de fe para cualesquiera otros.... Aunque el derecho penal no disuada gran cosa...ayuda al robustecimiento de las propias creencias" (23)

El objeto privilegiado de estudio, vigilancia, y control en nuestra sociedad uruguaya son los menores y los jóvenes, grupos que son vistos desde los medios de comunicación como en situación de riesgo debido a la convivencia generacional con las grandes fuentes de peligrosidad social, los infanto-juveniles. (24)

"El delito juvenil es inmediatamente asociado en el imaginario colectivo, a otras lacras sociales que contribuyen a dibujar un cuadro que, operando por asociaciones, marginaliza y estigmatiza definitivamente la figura desviada del joven infractor...Es frecuente ubicar en los medios de comunicación la afirmación de un continuo que vincula las imágenes de: delincuente-drogadicto, y ahora como corolario, sospechoso portador de SIDA (...) Una sociedad disciplinaria tiene sus mitos y rituales. La transmisión de una imagen sobre el problema absolutamente ajena a un conocimiento sobre las características de generación y reproducción de las prácticas sociales concretas contribuye a la difusión de un imaginario al colectivo que adquiere las dimensiones de un mito" (25)

Aunque el consumo de sustancias ilegales no sea un problema relevante en Uruguay desde ningún punto de vista (26) tal como lo demostró Bayce a comienzos de la presente década en su investigación Drogas, prensa escrita, y opinión pública sigue subsistiendo una opinión generalizada (modelada por las agencias de normalización) de que las drogas constituyen uno de los grandes problemas nacionales. Tal como sucede con el fantasma de la delincuencia infanto-juvenil, magnificada y dramatizada por los medios, las drogas configuran la gran coartada de las maquinarias de vigilancia y disciplinamiento en nuestra sociedad.

Es interesante observar como todas las técnicas de disciplina propias de las instituciones totales estudiadas anteriormente son actualmente instrumentadas por organizaciones dedicadas a la rehabilitación de personas (Engelmajer, Manantiales) que consideran adictos, llegando en muchos casos a practicar la reclusión forzada y variadas formas de represión cuando se trata de menores que han sido internados contra su voluntad por sus padres, o de personas que han llegado hasta allí emplazado por diferentes tribunales (audiencias, juzgados de instrucción, tutelar de menores instituciones penitenciarias, etc.) (27)

En estas instituciones que han heredado la tradición de los correccionales y sus mecanismos híbridos de normalización es posible observar la pervivencia de las tecnologías primigenias gestadas en las sombras de los conventos. No sólo en las instituciones de rehabilitación declaradamente religiosas sino también en muchas otras instituciones laicas, se ensayan ritualmente exámenes de conciencia y formas culpógenas de automortificación moral con las que se busca (remedando las viejas prácticas conventuales) la redención, y la liberación de la "satánica tentación de la droga".

Todos los equipos normalizadores y todas las herramientas de control posible que operan en otros terrenos se dan cita para combatir el temido "fantasma de la droga", ese enemigo público "número uno" sobre el que convergen policías y perros amaestrados, epidemiólogos y publicistas, psiquiatras y pedagogos, laboratoristas y jueces, celadores y bedeles, encuestas y chalecos químicos, todos intentando infructuosamente contener la diseminación de la peste.

Bibliografía:

(1) G. Eira y J. Fernández, "Drogas: el demonio moderno" en Las drogas en el Uruguay, Ed. Arca, Montevideo, 1995.

(2) Martín Hopenhayn (compilador), La grieta de las drogas: Desintegración social y políticas públicas en América Latina, Ed. Naciones Unidas-Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Santiago de Chile, 1997

(3) R. Uprimny Yepes, "¿Qué hacer con las drogas? Políticas vigentes y políticas emergentes", en La grieta de las drogas..., op. cit. pág. 152. El autor cita documentos probatorios de la participación de la CIA en la comercialización de heroína en el sudeste asiático para financiar movimientos anticomunistas; el apoyo a los rebeldes afganos que traficaban drogas para financiar su guerra a las tropas de la Unión Soviética; y el escándalo "Irán-contra-gate" en el que la CIA y el Consejo Nacional de Seguridad (NSC) financiaron a la contra nicaragüense con dinero obtenido mediante la venta de cocaína, entre otros escándalos.

(4) R. Bayce, "Drogas, derecho penal, y salud pública" en Criminología y Derecho III, Ed. Fundación de Cultura Universitaria, Montevideo, 1992, pág.101.

(5) J. Fericgla, Chamanismo, ayahuasca y oniromancia, archivo al que se puede acceder en Internet digitando: http//aleph.pangea.org/org/xiprer/fericgla.htm

(6) R. Bayce, "Drogas, derecho penal, y salud pública", op. cit. pág. 102.

(7) La genealogía se diferencia del ejercicio de la historia realizado normalmente por los historiadores en que formula la necesidad de indagación de los procesos que han hecho posible una configuración presente, actual.

(8) Friedrich Nietzsche, El Anticristo, Ed. Alianza, Madrid, 1978, pág. 74.

(9) M. Weber, "Las sectas protestantes y el espíritu del capitalismo", en Ensayos de sociología contemporánea, Ed. Planeta-Agostini, Barcelona, 1985, pág. 9.

(10) M. Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Ed. Península, Barcelona, 1977, págs. 258.

(11) M. Foucault, "Entrevista sobre la prisión: el libro y su método" en Microfísica del poder, Ed. La Piqueta, Madrid, 1979, pág. 91.

(12) F. Alvarez-Uría, "La configuración del campo de la infancia anormal" en Interpretación de la discapacidad, Ed. Pomares-Corredor, Barcelona 1996, pág. 94.

(13) Idem, pág. 96.

(14) E. Durkheim, Las reglas del método sociológico, Ed. Jorro, Madrid, 1912, pág. 127

(15) Mark Poster, Foucault, Marxismo e Historia, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1987.

(16) M. Foucault, Las redes del poder, Ed. Almagesto, Buenos Aires, 1996, pág. 58.

(17) E. Goffman, Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1970.

(18) F. Alvarez-Uría, op. cit. pág. 101.

(19) M. Foucault, Las redes del poder, op. cit., págs. 64 y 65.

(20) Idem. 62.

(21) F. Alvarez-Uría, op. cit. pág. 104

(22) Idem.

(23) A. Escohotado, Historia de las drogas Tomo 2, Alianza Editorial, Madrid, 1995, pág. 378.

(24) R. Bayce, Drogas, prensa escrita, y opinión pública, Ed. Fondo de Cultura Económica, Montevideo, 1990 y A. Araújo y otros, Jóvenes: una sensibilidad buscada, Ed. Nordan, Montevideo,1991. En ambos libros se puede hallar investigaciones interesantes sobre la relación entre la prensa y la opinión pública en relación con ciertas conductas delictivas.

(25) Luis E. Morás, "Delincuencia juvenil: la lógica social del disciplinamiento" en Jóvenes: una sensibilidad buscada, op. cit. págs. 175 y 191.

(26) "Los "estupefacientes" originan el 0,42 % de las intervenciones policiales sobre las personas (1994), y aproximadamente el 5,5 % de la población reclusa (1995).El consumo de drogas ilícitas estimado es 200 veces menor que el de alcohol y de tabaco, siendo el Uruguay el séptimo país del mundo en consumo de sustancias psicotrópicas de prescripción medica, y el cuarto en consumo per cápita de tranquilizantes bajo receta." R. Bayce en "El estigma de la droga: Particularidades y rasgos comunes en el caso uruguayo" en La grieta de las drogas..., op. cit. pág. 90.

(27) Organización Internacional Lucien Engelmajer, Proyecto Terapéutico, Francia, 1996.

Otra bibliografía consultada:

M. Foucault, La vida de los hombres infames, Ed. La Piqueta, Madrid, 1990.

M. Foucault, Vigilar y castigar, Ed. Siglo XXI, México, 1988.

M. Foucault, Hermenéutica del sujeto, Ed. La Piqueta, Barcelona, 1994

R. Castel, El orden psiquiátrico. La edad de oro del alienismo, Ed. La Piqueta, Madrid, 1980. ,

Varios autores, Espacios de poder, Ed. La Piqueta, Madrid, 1981.

E. Goffman, Estigma: La identidad deteriorada, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1986.

G. Deleuze, El bergsonismo, Ed. Cátedra, Madrid, 1991.

G. Deleuze, Lógica del sentido, Ed. Planeta, Buenos Aires, 1994.